¡Qué emoción de graduación!

Desde hace algunos años los representantes de la generación Grease nos hemos venido sorprendiendo todos los meses de mayo con la publicación en la prensa local de las fotos de las graduaciones de las nuevas añadas de bachilleres.

Personalmente lo único que recuerdo de cuando llegamos a tan insigne momento fueron las copas, de forma muy difusa la cena previa y la entonces obligada visita a torear “La Vaquilla” de La Zapateira. Me he olvidado completamente de que hubiera una reunión social previa en la que familiares en diversos grados, cuerpo académico y políticos de mediana representatividad estuvieran presentes para entregarnos una banda mientras posábamos para una orla que creo que entonces estaba reservada para el máximo nivel académico. Es posible que esto sucediese y que las copas de aquella noche fueran más de las que recuerdo; en todo caso, a mí se me ha olvidado toda esta parafernalia.

La graduación de los bachilleres imagino que es una importación catódica (actualmente se debería decir importación LED) que sigue la estela de muchas otras por lo que no creo que sea más criticable que Papá Noel o Halloween. No obstante, lo que realmente me asombró fue descubrir que a tan insigne acto tanto tiene derecho de asistencia quien haya aprobado todas las asignaturas como quien haya obtenido el resultado inverso. 

En la graduación del High School de las películas yo siempre interpreté que estaba implícita la ausencia en el día de la graduación de los suspensos. También asumía que esto era un código social conocido y admitido. Algo así como si no te esfuerzas ya sabes lo que te espera: el escarnio de la no presencia en la graduación junto a tus compañeros.

Demasiado luterano para nosotros.

Por nuestra parte parece que, relajando nuestra cristiandad, nos hemos quedado con la fiesta a la par que eliminado la penitencia.

Escribiendo este artículo me ha asaltado la duda y he llamado a un par de universitarios en ciernes que me han confirmado que esta inteligente forma de actuar se ha asentado igualmente en el ámbito académico superior.  

Más allá de lo justo que este hábito pueda considerarse con quien estudia, teniendo en cuenta que se hace por el bien supremo de evitar a quien ha tropezado un posible trauma de adolescencia, por mi parte, me uno sin reparos a tan magnánima costumbre.

Además, he llegado a la conclusión de que por fin mi generación, ahora padres de los flamantes graduados, hemos resuelto la tan en nuestros tiempos denostada “titulitis” al haberla sustituida muy inteligentemente por la “orlitis”.

¡Qué emoción, de graduación!

Marcelo Castelo

 

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